POEMA 21
Es cierto, vida mía, he pecado de pensamiento, de palabra, y de palabra. Por un soplo de vida es por lo que me empeño. Un simulacro de vida en medio de la peste blanca, llamada soledad. Porque estuve allí, en el segundo acto, hablando de lo mismo con los mismos, aferrándome, estuve allí sin ti. Jamás llegué. Vida mía, se pierden los barcos de la memoria en un mar de pétalos.
POEMA 22
En la infancia solía parecerme a mí. Tenía heridas del mismo tamaño, el llanto congelado en la hondura. Entre las piernas, costras de palabras seductoras. La eterna manía de recuperarme. ¡Del silencio surgirán nuevas lenguas! Para reírse de la muerte: versada desde niña en hematomas del espíritu. Ella y todo ocupado por algo o por alguien. Pobre desgraciada, el vacío no le pertenece.
POEMA 23
Nada te sostiene. De la misma forma que las plantas carnívoras atrapan insectos, así te dejas caer. Las horas te imponen letreros, ¿estás comiendo? , ¿de qué te alimentas? , ¿cómo caminas por las calles cuando estás sola, sin ti?, ¿qué manos te sostienen en el vacío?, ¿cuál es la canción oculta bajo tu lengua? , ¿y tus otras voces?, ¿silencio y música siameses inseparables? Nada te sostiene en la desesperanza ni un cordón infestado. Pobre el poeta, muele y remuele vidrios con sus manos, él es el único muerto que asiste a su entierro, pero el poeta detesta la muerte. Que descanses en paz, amor mío, lo que queda de mí eres tú.
POEMA 24
Te quitas la máscara hecha a medida de tu silencio, víctima de mi delirio, con los zapatos apretados a la fuerza, apretando los dientes, acudo a los caballos de ajedrez y a los loros de madera. De repente se avecina un murmullo viciado con tajos de esperanza entre los dedos, como si por el agua de la fuente pasaran sombras. Me dejo escuchar, me dejo caer, da lo mismo, el único camino que conozco es el olvido. La eterna mujer de algunos segundos. Mujer, créelo eso dicen de ti, siente tus pechos, mírate la soledad allí abajo, oíd la contracorriente de tu nombre. Hice algo y se arrastra por mis ojos, me revela, tambalea, no es al pudor a lo que recurro. Hice algo porque tu llanto de niño nadie lo calla, nadie te maldice. Como si el vecindario en completa oquedad acompañara a la quena del tiempo. Recurro insistentemente a las ausencias, al elefante de ojos quiñados, perdido en el viento. Es un día sin más. Urgente, el alma necesita sangre, cuerpo, brazos. Todos duermen, pero yo me empeño en el olvido.
POEMA 25
Es posible, sus manos parecen estar hechas con arena húmeda, con esa arena donde las caracolas se refugian y pretenden invadir los atrios del mar. Mírala, en la escuela no nos enseñan cómo hablarle a un herido de muerte, menos a un herido de vida, sólo mírala.
POEMA 26
El día no me basta, merezco la noche. Exijo la noche. El sol, limón agrio, derrama ácida esperanza, merezco la noche. No el hijo de la luna, la noche. Pero cuál es mi obligación con la blanca banca del parque que no se decide entre la luz y la sombra, por qué esa blanca banca rima con mi sentencia .Si la banca sólo es artificio, un anfibio exhausto, para qué su duda insoportable entre los ángulos de la tarde destruida, allí, sola, haciendo gestos, sola, soportando la migraña de los atardeceres. En la guarida, los conejitos blancos huyen de los sombreros del mago. Debo hallar morada, cobijarme en el frío. Afuera, en el paisaje de luces me hago nada. Invado el desierto contrito de los sueños, lo parasito brutalmente. Pero diré que no hubo nadie, nadie huye. Hay ojos en el lugar de los espejos, los ojos de los espejos, tal vez, pero prisionera como esas gotas de agua que se quedan atrapadas en las ventanas, soportando frases de desamparo. Hay que llamar a las palabras.
Autora: Rosakebia Liliana Estela Mendoza.
Es cierto, vida mía, he pecado de pensamiento, de palabra, y de palabra. Por un soplo de vida es por lo que me empeño. Un simulacro de vida en medio de la peste blanca, llamada soledad. Porque estuve allí, en el segundo acto, hablando de lo mismo con los mismos, aferrándome, estuve allí sin ti. Jamás llegué. Vida mía, se pierden los barcos de la memoria en un mar de pétalos.
POEMA 22
En la infancia solía parecerme a mí. Tenía heridas del mismo tamaño, el llanto congelado en la hondura. Entre las piernas, costras de palabras seductoras. La eterna manía de recuperarme. ¡Del silencio surgirán nuevas lenguas! Para reírse de la muerte: versada desde niña en hematomas del espíritu. Ella y todo ocupado por algo o por alguien. Pobre desgraciada, el vacío no le pertenece.
POEMA 23
Nada te sostiene. De la misma forma que las plantas carnívoras atrapan insectos, así te dejas caer. Las horas te imponen letreros, ¿estás comiendo? , ¿de qué te alimentas? , ¿cómo caminas por las calles cuando estás sola, sin ti?, ¿qué manos te sostienen en el vacío?, ¿cuál es la canción oculta bajo tu lengua? , ¿y tus otras voces?, ¿silencio y música siameses inseparables? Nada te sostiene en la desesperanza ni un cordón infestado. Pobre el poeta, muele y remuele vidrios con sus manos, él es el único muerto que asiste a su entierro, pero el poeta detesta la muerte. Que descanses en paz, amor mío, lo que queda de mí eres tú.
POEMA 24
Te quitas la máscara hecha a medida de tu silencio, víctima de mi delirio, con los zapatos apretados a la fuerza, apretando los dientes, acudo a los caballos de ajedrez y a los loros de madera. De repente se avecina un murmullo viciado con tajos de esperanza entre los dedos, como si por el agua de la fuente pasaran sombras. Me dejo escuchar, me dejo caer, da lo mismo, el único camino que conozco es el olvido. La eterna mujer de algunos segundos. Mujer, créelo eso dicen de ti, siente tus pechos, mírate la soledad allí abajo, oíd la contracorriente de tu nombre. Hice algo y se arrastra por mis ojos, me revela, tambalea, no es al pudor a lo que recurro. Hice algo porque tu llanto de niño nadie lo calla, nadie te maldice. Como si el vecindario en completa oquedad acompañara a la quena del tiempo. Recurro insistentemente a las ausencias, al elefante de ojos quiñados, perdido en el viento. Es un día sin más. Urgente, el alma necesita sangre, cuerpo, brazos. Todos duermen, pero yo me empeño en el olvido.
POEMA 25
Es posible, sus manos parecen estar hechas con arena húmeda, con esa arena donde las caracolas se refugian y pretenden invadir los atrios del mar. Mírala, en la escuela no nos enseñan cómo hablarle a un herido de muerte, menos a un herido de vida, sólo mírala.
POEMA 26
El día no me basta, merezco la noche. Exijo la noche. El sol, limón agrio, derrama ácida esperanza, merezco la noche. No el hijo de la luna, la noche. Pero cuál es mi obligación con la blanca banca del parque que no se decide entre la luz y la sombra, por qué esa blanca banca rima con mi sentencia .Si la banca sólo es artificio, un anfibio exhausto, para qué su duda insoportable entre los ángulos de la tarde destruida, allí, sola, haciendo gestos, sola, soportando la migraña de los atardeceres. En la guarida, los conejitos blancos huyen de los sombreros del mago. Debo hallar morada, cobijarme en el frío. Afuera, en el paisaje de luces me hago nada. Invado el desierto contrito de los sueños, lo parasito brutalmente. Pero diré que no hubo nadie, nadie huye. Hay ojos en el lugar de los espejos, los ojos de los espejos, tal vez, pero prisionera como esas gotas de agua que se quedan atrapadas en las ventanas, soportando frases de desamparo. Hay que llamar a las palabras.
Autora: Rosakebia Liliana Estela Mendoza.
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