Es el séptimo día de lluvia de la
semana, aparentemente nada ha cambiado, el tráfico sigue con su danza de
rebeldía y las horas con su delirio de persecución. Es el séptimo día de
encierro premeditado, mis problemas alérgicos son la excusa ideal para todo
evento social, incluso el más necesario. Sin embargo, la sopa instantánea se ha
terminado, ya es hora de salir a dar un paseo. Como en todo periodo
experimental de aislamiento, los últimos minutos son decisivos. He bajado las
escaleras sin problemas ayudándome del paraguas y del pasamano, con una fuerza
mental capaz de empujar las nubes grises lejos de la ciudad. Al llegar al
último escalón se ha dibujado en mi rostro una sonrisa de satisfacción
profunda. Aquella sonrisa, en lugar de tener una imagen cálida, estoy segura,
transmite una imagen caótica de desesperación, en lugar de resaltar la belleza
de mis ojos, la sonrisa anula todas las partes de mi rostro, hasta el punto de
parecer una horrible cicatriz de infancia con la que a pesar de los años aún no
estoy familiarizada. Estoy un paso fuera del edificio principal, algunas
motocicletas siguen estacionadas, camino tarareando una canción y contando
mentalmente el número de pasos, sin interrumpir ninguna de las dos acciones.
Saludo a algunos vecinos asentando la cabeza, a otros sólo les ha bastado un
sutil movimiento de ojos, casi un parpadeo. El señor de sombrero, fue el primero
en entender el saludo, pero no sabe qué he dicho mentalmente para saludarlo, si
supiera realmente que sólo quería preguntarle por su esposa muerta, si a veces
se comunica con ella entre sueños, o qué sé yo. La lluvia va perdiendo
intensidad .He cruzado la calle sin problemas , me he detenido asombrada frente
a un charco de agua, me han dado ganas de reír a carcajadas después de ver mi
rostro , igual de apagado, cualquiera pensaría que estoy muy enferma. Qué
hipócrita soy, ni yo pensaría esto de mí, me veo demasiado bien para el estado
metafísico en el que me proyecto. Ya no puedo dar otro paso más, me divierte
mucho ver mi reflejo en el charco, mis manos se mueven, mis ojos se abren,
quisiera desnudarme delante del charco o incendiar mis restos delante de una
multitud que miraría asombrada, ni hablar de la experiencia sobrenatural para
admiración de turistas extranjeros. Los minutos pasan, algunos transeúntes me
preguntan si vivo cerca del lugar, por mi parte trato de responder de un modo
cordial, para evitar más preguntas innecesarias. En cualquier caso, uno se
pierde para volver a encontrarse. Estoy arruinando a pisotones mi reflejo en el
charco y una niña se detiene a mi lado, mira mi reflejo y no se anima a
preguntar el motivo de mi risa. Su madre se acerca para llevar a la niña a la escuela,
tampoco sabe qué estoy mirando así que se queda mirando el charco después de
sujetar a la niña, al siguiente segundo se acerca el padre. Al parecer, todos
sentimos ganas de reír y lo evitamos, parecía el retrato familiar de algún
pintor anónimo, donde todos los personajes son extraños de sí mismos, reunidos
al azar. El padre termina de comer una manzana delante del charco después que
la madre y la niña se marchan a la escuela sin recuerdo de su imagen en el
charco. Al igual que los espejos, los charcos también exigen un momento de
asombro, no a solas como en la mayoría de casos sino en público, y a favor de la condición humana.
Colección virtual
de poesía ( 2013).
Textos inéditos.
Autora: Rosakebia Liliana Estela Mendoza.
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