Estoy sentada sobre el poema. Una soledad suprema, admite la
existencia de otras soledades aunque serviles y aprendidas. Llevo años, tal vez
siglos, tal vez sexos, buscándome la voz con la lengua, el alma con el cuerpo y
nada. Me es imposible utilizar el lenguaje de las agujas del reloj y no me
importa. Escribo para descifrarme. Hablo dirigiéndome a mí. Le amputaron el pie
para coserle el pie. La única ventana del castillo, tiene vista al hospital
psiquiátrico. Mirar como resolviendo una ecuación matemática del azar. Mirar,
por ejemplo, el patito de hule en la bañera. La topografía de la mirada está
hecha con bostezos atrapados a dos manos. Le robo los poemas a un pájaro ciego.
Lágrimas sólidas, purita sal. En realidad, se lloran ojos en una intersección
de calles donde el único peatón es una botella plástica. De pronto volverse
lineal. El pájaro ciego no existe. Tropezarse con sonrisas de dientes rojos.
Repasar las vocales, no confundirlas. La mano del amante en la línea once, la
mía dibujada con otro color y mayor precisión también en la línea once. Dibujo
a grandes rasgos a una muchacha mutilada de una mano. Siempre la voz de mi
madre a los cuatro años, hablándome para no dormirme. ¿Dónde está el perrito?
¿Y la muchachita de ojos verdes? ¿Y el muchachito de ojos verdes? ¿Y el carrito
azul? ¡Encuéntralo, encuéntralo! Señala el lugar de la herida. Estamos cerca
del poema. Se come el pan de la memoria. La intensidad del poema varía, ahora
escribo para no hacer el amor. Hago el olvido.
Autora: Rosakebia Liliana Estela Mendoza.
Autora: Rosakebia Liliana Estela Mendoza.
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